Me enseñaron a no alzar la voz, a bajar la mirada, a no salirme del renglón, a no cuestionar mi jaula, a escuchar todas las voces menos la mía, a llevar las alas plegadas, a caminar arrastrando cadenas...
En resumen, a no ser dueña de mí.
Por suerte, sin darse cuenta, tampoco me permitieron echar raíces allí.
Gracias a eso, pude irme
... y volar.
