Llovió.

El arcoíris dibujó sus siete puentes.
Los colores se desvanecieron y las nubes huyeron. Solo quedó el silencio.

Mientras el aroma de la tierra mojada llenaba el aire, el mirlo se posó en el roble. Sacudió las alas y una gota cayó sobre mí. El frío resbaló por mi nariz. Cerré los ojos.

Pero la realidad regresó sin pedir permiso: me voy antes de que sepa dónde me escondo.

Hay que regresar a la jaula, incluso cuando está abierta.