El dolor que atraviesa Venezuela evoca en mi recuerdo, irremediablemente, el sismo de México en 1985; en ambos casos, se evidencia la tremenda fragilidad humana.
Aquella tragedia quedó grabada en mi memoria al ver a la sociedad entera volcada en los rescates: miles de voluntarios formando cadenas humanas para remover escombros, igual que está ocurriendo ahora en La Guaira.
La ciencia nos dice que las probabilidades de sobrevivir disminuyen tras las primeras 24-48 horas del sismo, pero el cuerpo humano tiene una resistencia inexplicable en condiciones extremas. Cada rescate exitoso es una pequeña gran victoria.
Aunque la impotencia es inevitable, estas catástrofes actúan como un espejo que refleja nuestra propia vulnerabilidad, pero también nuestra inmensa capacidad de unión. La tragedia no solo destruye edificios; también construye solidaridad, empatía y la voluntad de no dejarse vencer.
Desde la distancia, deseo de todo corazón que la sociedad venezolana encuentre fortaleza, apoyo internacional y ese aliento necesario para reconstruirse.
