Sus ojos eran siempre así:
me miraban con la furia de un oleaje invernal.
No sé qué dolía más: su odio, o su indiferencia.
Asumí la culpa.
Pasé años esperando…
El perdón nunca llegó,
pero sí una enorme claridad:
nunca hubo nada que perdonar.
Vi la falsedad de mi mundo,
la ficción donde me obligó a habitar.
Cada mentira se convirtió en un ladrillo
de la muralla tras la que desaparecí
... para siempre.
