Siento el galope del calendario, y así, como si nada, mi vida empieza a sonreír por una esquina. Oigo el crujido de las cadenas de mi agenda. ¿Quién anda ahí? Es la felicidad preparando la mesa para recibir un tiempo que ya huele a sal.
Los problemas hacen las maletas y algo en mí florece, empujando la rutina hacia la puerta. Saco las sillas al porche porque la libertad está buscando un sitio para quedarse. 
Los relojes se aburren: no tienen nada que hacer.
La ropa afloja sus costuras. 
Mi paz se instala.
El día a día retira sus vallas. 
Ahora veo los fantasmas por el espejo retrovisor.

Respiro hondo: me da miedo tanta felicidad.