La angustia procede de una herida antigua.
Tanto que ya no recuerda cuándo empezó a abrirse.
Simplemente, su sangre gotea entre espejos, con la luz baja.
El tiempo solo la arrastra hacia el precipicio,
rumbo al impacto y el vacío.
Sus palabras no vuelan: se desgastan dejando un eco que no regresa.
Tampoco envejecen.
Entre sus ruinas habitan formas sin nombre.
Mientras, yo insisto en permanecer despierta cuando el mundo ya ha cerrado los ojos.
