Había tanta ausencia en mi mirada infantil que hasta la esperanza venía a mí para rendirse. Cada nuevo día era el crujido de unos cimientos a punto de ceder.

Y así durante décadas, hasta que la realidad se reveló como un laberinto de fuego. Apoyé mi frente contra el cristal con todo el peso de mil derrotas apiladas, con la niebla de un mundo que no sabía nombrar... Acepté, por fin, que el fuego continuaría quemándome si no me alejaba.

Aquel despertar no llegó: se desplomó sobre mí. La realidad era ahora un perro olfateándome.