El vagón de mi infancia descarriló en una ciudad evacuada. 
Encontré puertas selladas,
edificios demolidos:
el fin del mundo.

Y así, poco a poco, acabé siendo el perro que vivía fuera, 
la alfombra sucia que escondían cuando llegaban visitas.

Sí.
La que, a pesar de todo, seguía respirando allí abajo.

Y hoy,
la que nadie esperaba encontrar viva.