De niña, me acompañaba el miedo tanto como a otros un perfume. Creció a mi lado. Incluso se sentaba en la mecedora de mimbre y se columpiaba observándome con un eclipse en la mirada.
A veces me hablaba. Yo enmudecía, porque aprendí a escuchar sin respirar.
Hoy también volvió a aparecer. Reptaba dejando una estela. Lo miré de frente y comprobé que hay semblantes que no envejecen.
Sí. Creció conmigo, pero solo yo envejezco.
El miedo es eterno y habita en mi garganta.
No puedo tragarlo ni escupirlo.
