La noche en la que el viento enfurecido despeinaba la maleza del acantilado.
Lo vi… El tic-tac del reloj apuñalaba los segundos con su aguja afilada. El miedo, con garras invisibles, tejía una mortaja sobre el cuerpo aún caliente.
Tras arrojarlo al abismo, una silueta huyó, disolviéndose en la oscuridad. El mar, silencioso y hambriento, se tragó el secreto.
El olvido cerró otra página sin más testigos que yo: un árbol centenario con el remordimiento crujiéndome en la corteza.
Desde entonces, cada noche, su espíritu errante emerge, clavando en mí su mirada sin ojos.
