La vida es un vórtice incontrolable; por más que intento cambiar las cosas, su fuerza centrífuga me arrastra inexorablemente hacia el abismo de la indefensión.
Entonces me pregunto por qué, si llevo una vida que no debería incomodar a nadie, termino siempre convertida en el blanco de la gente fea, como le llamo yo.
Veo la elasticidad obscena de las leyes según a quién se le apliquen; que se puede ocupar un cargo alto sin estar a la altura. El rango no protege de la arbitrariedad: vuelvo a sufrir por una cosa y por la contraria, sin poder agarrarme a nada.
Gente fea que cuando se vacía de principios deja de ser referencia y se vuelve amenaza.
